domingo, 18 de mayo de 2014

UN ESTIGMA QUE NO SE VE

UN ESTIGMA QUE NO SE VE[1]
«Fenómeno místico en Santa Teresa Benedicta de la Cruz»
Reyna Elízabeth Ángel Camacho

… nadie ve cuánto duele, ni cuánto sangras;
quieren verte sonreír, y tus lágrimas son ignoradas.
 ¿Cuándo encontrarás refugio en el hueco de sus manos?
Ángel.
Existe un dicho popular que, pese a su antigüedad, continúa vigente en esta época postmoderna; tanto que es utilizado por creyentes y no creyentes “hasta no ver no creer, como dice Santo Tomás”. El ser humano está ávido de certezas, más de aquellas que pueden ser comprobadas con los sentidos. Tiene sed de experiencias extremas, aparatosas y espectaculares. ¿Podrá el hombre y la mujer de hoy maravillarse con algún hecho que no se pueda tocar, ver, oler o sentir? El presente ensayo busca ofrecer pistas de reflexión para superar la evidencia física en la propuesta de un hecho extraordinario, un estigma que sangra pero que nadie ve; un estigma que está en el cuerpo, pero que nadie puede tocar y nadie puede meter sus dedos en él.
Los fenómenos sobrenaturales son aquellos que trascienden el estado u orden habitual y van más allá de las leyes naturales. Para la teología cristiana la causa sólo puede ser divina, algunos ejemplos de ellos son: las visiones, las locuciones y los fenómenos místicos de orden corporal. En éstos últimos destacan el sudor de sangre, la bilocación, las levitaciones y los estigmas, que son consistentes con la aparición espontánea de llagas sanguinolentas en manos, pies, costado izquierdo, en la cabeza o en la espalda. Pueden ser visibles o invisibles[2].
            Para intereses del presente texto, se hará énfasis únicamente en el fenómeno místico de los estigmas. Éstos se han dado siempre de manera instantánea, causando gran sorpresa e impresión en quienes los reciben. Las llagas nunca supuran y su sangre se mantiene  fresca y limpia. Además, son  heridas que no se curan nunca y que permanecen varios años sin que pueda darse una explicación médica o científica[3].
Pocos son quienes, a lo largo de la historia, han recibido realmente en su cuerpo la impresión de los estigmas. Son personas excepcionales, virtuosas, probadas en el dolor y convencidas de la fe. Gente que ha recibido un don del que no se sienten merecedores ni dignos y que recuerdan que es maravilloso imitar a Jesús en las sonrisas y en las heridas, en todo. La espiritualidad da cuenta de algunos ejemplos de Santos con esta experiencia mística, desde Francisco de Asís, primer santo de la historia en quien se comprobó este fenómeno, hasta Pío de Pietrelcina, uno de los últimos casos.
No existen datos que mencionen un fenómeno de esta índole en Santa Teresa Benedicta de la Cruz; sin embargo, al sumergirse en su biografía y en sus escritos, es posible descubrir la eficacia de la salvación de Cristo en la Cruz que se muestra de manera particular en el signo del estigma, convirtiéndose en un testimonio de la actividad redentora y salvadora del crucificado en la vida de esta Santa.
Los estigmas representan un signo de lo que sufrió Cristo durante la pasión; por lo que también manifiestan la participación que Él hace de su pasión dolorosa en la vida de Teresa Benedicta de la Cruz. Ella, en toda su historia de vida y en sus experiencias está marcada por la vivencia íntima de la pasión en la cruz del Redentor. Desde su nacimiento en el día de la fiesta religiosa hebraica  del Kippur, o de la Expiación; hasta el tiempo en que como deportada, próxima a su entrada en la cámara de gas, escribió: "Se puede comprar una Ciencia de la Cruz, sólo empezando a sufrir verdaderamente por el peso de ella. He sabido la íntima convicción de eso hacia el primer instante, y en lo profundo del corazón he dicho: Cruz, única esperanza"[4]. De igual manera en el túnel de la muerte, el corazón de Edith palpita: "La Cruz es toda la luz: la madera de la Cruz se ha vuelto la luz de Cristo". Pero esta adhesión al madero de su Señor no fue instantánea, aún sin percibirlo, ya le buscaba en aquellos años de infancia cuando se confesaba "no creyente y dotada de un fuerte idealismo ético[5].
La sed por hacerse una con los dolores de la pasión la movieron a que en 1915, cuando estalló la Primera guerra mundial, ingresara al servicio sanitario en la Cruz Roja. Así, se prestó como auxiliar por muchos meses en un grande hospital militar para enfermedades infecciosas, en territorio austriaco. A las protestas de su madre respecto a esta decisión, ella contesta: "Si la gente estaba obligada a sufrir en las trincheras, ¿por qué yo tenía que estar mejor que ellos?"[6]
 Su búsqueda de la verdad la llevó a vivir un doloroso drama interior, un testimonio de ello se encuentra en un fragmento autobiográfico de su escrito "Causalidad psíquica", publicado en los Anales de Husserl: "Hago proyectos para el futuro y organizo mi vida presente. Pero en lo profundo estoy segura que algún acontecimiento será producido y echará todos mis proyectos. Es la fe viva, la fe verdadera que no acepto todavía, y yo estoy impidiendo a esta fe volverse activa por dentro de mí". Ese acontecimiento esperado se hizo verdad con su bautismo el 1° de enero de 1922.
            Habiendo encontrado el camino, el calvario de la Santa no tardó en mostrarse con la persecución Naci. Ella vive una profunda experiencia espiritual: "Recurría interiormente al Señor y le decía que yo sabía que suya era la Cruz impuesta a nuestro pueblo. La mayor parte de los hebreos no reconocía al Señor, pero los que entendían no habrían podido dejar de llevar la Cruz. Eso era lo que yo deseaba hacer. Le pregunté sólo mostrarme de qué manera". Si Edith tiene que participar en el destino de su pueblo, y si este destino es llevar la Cruz de Cristo, se entiende cómo estas experiencias espirituales la preparan para el paso definitivo. Poco después escribía: "No es la actividad humana que nos puede salvar, sólo la pasión de Cristo. Mi aspiración es participar en ella".
Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz, si es cierto que participa de la pasión del Señor por su adhesión a la Cruz ¿dónde está la herida sangrante que atrae la curiosidad de multitudes? ¿dónde está la evidencia de aquel dolor extremo y profundo que el Redentor le participa? La herida está donde se siente el dolor, y es ahí mismo donde sangra. Sin embargo, se puede insistir preguntando como el cuento de Julio Cortázar[7], Ahí pero dónde, cómo. Se sabe que éste no es dolor físico, sino un dolor del cuerpo cuya fuente está en la anatomía psíquica. Un dolor que emerge como brota la urgencia misma de la vida, un dolor existencial.  El dolor purifica, ennoblece, templa el espíritu; muchos incluso aseguran que se aprende con una cuota de dolor. Madurar implica esa misma dosis de dolor; sufrimiento indeterminado que no proviene de un órgano enfermo sino de la experiencia misma de vivir.
            El dolor purificador en Teresa Benedicta de la Cruz, instalado en su cuerpo psíquico por la búsqueda de la verdad; dolor de conversión y dolor por la ofrenda, brota siempre de la misma herida interna. Y esta herida también sangra. Juan David Nacio[8], experto en el tema del dolor psíquico, afirma que se  trata de una permanente hemorragia psíquica que consume interiormente. En este caso, sin embargo,  se trata de una experiencia de alegría y dolor, en la cual el Señor toma la iniciativa de acercar a la Santa a los misterios de su pasión.
Finalmente, se puede afirmar que en cierto sentido, todos pueden llevar los estigmas, pues con el bautismo se está sumergido en la vida de Cristo, que permite participar en el misterio pascual de su muerte y resurrección. En su pequeñez, cada uno lleva los estigmas. Si los lleva con espíritu de fe, esperanza, valentía y fortaleza, estas llagas, que pueden ser purulentas y que no cicatrizan nunca, pueden servir para curar a los demás. Teresa Benedicta de la Cruz, mujer  estigmatizada en su cuerpo el día de su bautismo; deja el legado de una herida interna con hemorragia psíquica que es fuente de vida por su testimonio que sí se ve.

A aquellos que sufren el dolor de la existencia con valentía.







[1] Ensayo presentado en el Tendedero literario con motivo a la fiesta de Edith Satein en el Centro Interamericano de Estudios Superiores Evangelii Nuntiandi. Octubre del 2012.
[2] ANTONIO ROYO MARÍN: Teologia de lla perfezione cristiana. Edición San Paolo (1997). Roma (Italia).
[3] Ignacio Ibañez, Tito Paolo Zecca, Acción Católica Argentina / Zenit.org.
[4] J. Sullivan ocd, S. Edith Stein desafia los católicos, en Simposio Internacional, Roma, Teresianum, 1998.
[5] Teresa Renata del Espíritu Santo, Edith Stein, Morcelliana, Brescia, 1952, p.18
[6] Cf. J Bouflet, Edith Stein, filosófa crucificada, Paoline, Milano 1998, pp.113-114
[7] Cortázar, Julio. (2010). Ahí pero dónde, cómo. En Cuentos completos 2. (pp. 87-94). Buenos Aires: Alfaguara.
[8] Nasio, J.D. (1999).Libro del dolor y del amor. Barcelona: Gedisa.

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